sábado, 13 de febrero de 2010

momentos de sofá.-

Recuperar el pulso de la ciudad. Sentarme, tras varios meses, en el sofá de un lugar impregnado por el aroma del café. Entre las manos, como no podía ser de otro modo, lo de siempre. Algo caliente para combatir el frío de la ciudad. O, lo más probable, combatir el propio frío. Reencuentro con un olor y con una sensación. Y reencuentro con la soledad. Los compañeros de mesa, un folio en blanco y un libro. Por suerte, el mismo sofá. Orientado hacia la calle. Es extraño. El tiempo pasa pero, a veces, revivir un momento es cuestión de segundos. Y, además, se revive a la perfección. Varias han sido las veces que me he sentado en ese sofá. Mirando, por encima de un libro o de una hoja en blanco, cómo avanza el mundo. El camarero me ha dado los buenos días, con su acento argentino. Me alegro que siga siendo el mismo que hace varios meses. Me ha preguntado de qué asignatura me estaba escaqueando. De ninguna. Demasiado temprano para preguntas pero él, irrefrenable. Me ha preguntado por el libro que estaba leyendo. Al fin, alguien ha dicho mi nombre y he recogido el café. Un guiño a modo de despedida. Y yo unas ganas enormes de hundirme en ese sofá dando pequeños sorbos a un café que quema. Antes de nada, me he perdido mirando los transeúntes que pasaban justo enfrente. El aire desaliñaba los vestidos de un grupo de pequeños. Desde piratas e indios hasta una mini pareja de Astérix y Obélix. Sensacionales. Y, cómo no, princesas que creen vivir en un mundo de hadas. Han pasado cantando, saltando y, sobre todo, riendo. Empezar el día así no tiene desperdicio. Ha sido un pequeño regalo. Observar las cosas sencillas, a menudo, resulta una recompensa. Cuando el rezagado ha cruzado mientras se peleaba con su mochila, me he incorporado. Entre libro y folio… mejor un folio. Tenía ganas de escribir. A lo mejor por lo perdida que estoy. O por lo loca que me estoy volviendo. Me cuesta saber quién está perdiendo la razón. Si yo o el mundo. O un poquito los dos. Con delirio, he empezado a escribir. O más bien a rasgar el papel. Evocar a varios personajes, situaciones que se echan de menos, tramas que superan la ficción y un poco de realidad. La que me rodea. Como la de la mujer mayor que entra cogida del brazo de ¿su marido? y que me sonríe justo al pasar por mi lado mientras que él se quita el sombrero. Literalmente hablando. Para no parecer grosera me espero unos instantes pero cuando deduzco que ya no pueden verme me giro. Quiero observarles. Las personas mayores tienen un encanto que me gusta observar. Algunas, resultan infinitamente entrañables. No he logrado escuchar qué café han elegido. Para llenar el estómago, unas galletas. Ella se ha sentado en una mesa y él lo ha llevado todo a la mesa. Después de dibujarme una sonrisa he seguido enfrascada en mi hoja rasgada por realidades ficticias. Ficticias porque no quiero que lo sean pero no puedo hacer nada para evitarlo. Ensimismada mirando la calle, ha entrado una pareja joven. En realidad, muy jóvenes. Una instantánea de una dulzura efímera. Sigo bebiendo café. Ahora ya no está tan caliente y mi cuerpo ya no está tan frío. Reposan en la mesa seiscientas y pico de páginas pero ahora no, ahora no me apetece adentrarme por las calles de Turquía. Prefiero las calles de la ciudad que está justo al otro lado de la puerta que flanquea el local. Un último sorbo del café. Pero nunca apurando. Siempre dejo el poso. Un último vistazo a mis alrededores y perderme un instante más largo en la pareja mayor. Aún desayunan. Todo recogido y la despedida del camarero. Y la chica de ciudad pasando desapercibida entre el tumulto de transeúntes y sintiendo, otra vez, la esencia de la ciudad.
En modo singular

miércoles, 10 de febrero de 2010

inviernos utópicos.-

La fiebre no es buena compañera para poder dormir. Imagino que para escribir tampoco. Pero antes de empezar a hacerlo he estado leyendo. No best-sellers ni libros recomendados. Nada de eso. He estado leyendo textos utópicos que me acompañan desde un enero de hace ya varios años. El primero de la lista fue cuando todo era muy reciente. Titulado senzillament meu intenté plasmar todo lo que unos papeles se estaban llevando. Pensé que escribiendo, las palabras jamás podrían borrar lo que sentí aquella noche cuando mamá dijo que ya está, que ya se había acabado todo. Ella no lo sabe. De hecho, no se lo he contado nunca a nadie. A la mañana siguiente, volví al hospital. Me planté enfrente de la habitación y llamé a la puerta. Dentro, sólo una enfermera. Me preguntó si buscaba a alguien y le dije que no. Ni siquiera recuerdo su rostro, no podía dejar de mirar una cama vacía. Y la enfermera lo entendió. Se acercó y me dijo si era su hija. Sonreí y salí de la habitación. Jamás volvería a entrar en ella. Jamás. De momento, lo he cumplido. No quería desprenderme de ti y pensé que regresando a tu último sitio conseguiría algo imposible. Años después entendí que ese fue mi primer acto utópico. El retorno al colegio, tras aquel enero, fue más complicado de lo que creía. Todos encima, todos preguntando, todos mirándome. Me sentía el centro de atención, sin quererlo. Un mediodía, cuando me escaqueaba de una clase de música, me detuve en las escaleras. Una profesora se acercó y me dijo quants anys tens? Le dije que 16… Respondió que no era edad para que pasara. Ella siguió subiendo escalones y yo me senté. No sabía si era edad o no. Lo único que sabía es que no entendía por qué tenía que haber ocurrido. Muchos intentaron consolarme diciéndome que no era la única, que a más gente le pasaba lo mismo. Aquello me dolió, y creo que desde siempre lo he llevado dentro. No era consuelo alguno imaginarme a alguien de mi misma edad pasando por esto. No podía encontrar alegría alguna en una chica que creciera con una palabra prohibida. Papá. Cuando vi que pocos me entendían, empecé a cerrarme. No eras objeto de conversación con casi nadie. Tan sólo eras palabras en folios que no sé si llenaba de vida o, simplemente, mataba más. Por eso, recién ocurrido todo, escribí. Escribí pensando en aquel 5 de noviembre. Escribí pensando en un paquete de tabaco y un reloj. Escribí pensando en ti y deseando que nada hubiera ocurrido. Escribí por miedo a olvidarte. Seis años después de aquel primer texto, que me avergüenzo al releer, te sigo recordando como el primer día. Ingenua. Varias fueron las veces que me lo dijiste. Ahora me lo digo yo. Ingenua. Cómo pude pensar en algún momento que te olvidaría. No sé cómo se lleva esto, no sé cómo se supera ni sé qué es lo mejor en esta situación. Pero hay algo que tengo muy claro. Ya lo escribí una vez, y no me cansaré de repetirlo. Sencillamente mío. El título de aquel primer texto era simplemente el preludio de lo que años después ocurriría. No te comparto con nadie. Te llevo dentro y a veces, créeme, dueles. Dueles demasiado. Duele cada una de las palabras que he escrito hoy. Duele cada vez que te pienso. Duele cada vez que me imagino que, por un instante, por un breve instante, puedo reencontrarme contigo en algún lugar. Demasiadas han sido las veces que he pensado que esto da asco. Y luego me doy cuenta de que sigues sin estar. Sea fácil, difícil o jodidamente complicado. No importa. Ninguno es el método para hacer que regreses. Así que lo único que me queda es pensarte, escribirte. Son muchas las cartas que he escrito y nunca llegan. Muchos buenas noches y dulces sueños. Pero, sabes qué papá… buenas noches y dulces sueños. Te quiero.
PD: por aquí, todo bien.

domingo, 7 de febrero de 2010

primer día con 3o.-

La misma escena de ayer. Él, durmiendo. Ella, escribiendo. Y de vez en cuando desvía la vista de las palabras que van cogiendo forma para observar aquel rostro que duerme plácidamente. Hoy, con un día más. Por suerte. Y tras celebrar el primer día con sus 30 a cuestas. Temprano, muy temprano, ha empezado el día para ambos. Porqué sí, siguen siendo uno. Tras los rituales matutinos, el primer regalo. Sencillo pero a él le ha hecho sonreír. Pocos, a sus treinta, pedían cosas del mismo estilo. El de ella, un poco más especial. Una sintonía que hacía meses que no escuchaba. Y que, sin saber de dónde procedía, se ha puesto a buscar con ahínco. Al final, la ha encontrado. Ha cambiado de ubicación pero no la costumbre de cada domingo. Periódico en mano, ha empezado a leer los artículos del suplemento. Pero con él cerca. Y con una mano que cada vez que veía algo interesante en una página lo tenía que señalar. Impidiéndole a ella poder leer con tranquilidad. Pero le gusta. Le gusta que el chico que tiene a su derecha demuestre lo que sabe. Aunque sea poco. La sección de deportes la han leído juntos. Mejor dicho, ella leía. Él señalaba todos y cada uno de los balones y, por supuesto, el escudo de un club. Un club que ha hecho feliz a muchos y del que él también forma parte. No entiende de fútbol ni de trofeos. Ni de competiciones ni de ligas. Pero reconoce unos colores, un escudo y un himno. Y un jugador, por encima de todos. Sorprende. Ves aquel cuerpo de hombre que funciona como un bebé y que de vez en cuando actúa como un niño. Cuando se acaban los deportes, ya no le interesa el diario. Chico listo. Una mañana genial seguida de un trayecto nefasto con broncas de por medio. No entre ellos. Entre ellas. Sin querer, ha desconectado de todo. Seguía la carretera pero no pensaba en nada. Sólo en llegar y poder bajar del coche, alejarse de ellos, ni que sólo fuera un instante. Han bajado del coche y ella ha cogido una ruta alternativa. Dejándose acariciar por el sol ha empezado a caminar sin rumbo por unas calles totalmente desconocidas. Sólo sabía cuál era el destino pero no el modo de llegar allí. Una hora ha sido suficiente para encontrar aquella altitud de siempre. Aquel banco tras una barandilla. Aquella alfombra de dos azules. Aquel silencio y formar parte de la nada. Jamás había estado tan indignada como en ese momento. Demasiadas cosas en su cabeza y confrontación máxima con ella. Una mezcla explosiva que nunca acaba bien. Últimamente tanteaban el terreno pero nunca llegaba la colisión. Hoy, una buena sacudida. Mucho importa. Sólo son dos. Pero parece que están tocando fondo. Dicen que querer es poder. No, no siempre es así. Sentaba en un banco se pierde mirando la inmensidad que hay justo enfrente. Se olvida de todo lo que le espera cuando empiece a caminar otra vez. No quiere llegar. Deshacer el camino hecho para llegar a una casa donde todos esperan para comer. Se levanta del banco, sabe que tiene que estar allí. Antes de empezar a andar se acerca a la barandilla. Grita. Nada ha cambiado ni ha mejorado pero ahora ya puede regresar. En casa, nadie pregunta. Ayuda a poner la mesa y se sienta con el verdadero protagonista del día. Él, ensimismado con su juguete nuevo. Ella, observándolo. La comida, tranquila. El postre, sensacional. Unas velas que no sabe soplar, un deseo que no se va cumplirá... Pero él, sonriendo. El dibujo de su pastel era el escudo de un equipo de fútbol, pero no un equipo cualquiera. El único que él conoce. Y eso, ya es mucho. Su primer día con 30 acaba como empezó. Ella escribiendo mientras lo observa. Él durmiendo plácidamente.
Bona nit*

tres décadas.-

Pocos países de Nunca Jamás existen realmente. Son simplemente fruto de la imaginación de un adulto. Ganas de alejarse del mundo de los mayores. El deseo imposible de, como Peter Pan, no crecer nunca. Sin embargo, hay quienes viven constantemente en un país de Nunca Jamás. Es su caso. Nació siendo bebé… pero nunca ha crecido. Poco importa su 1’93. Sigue siendo un bebé. Exactamente 30 años después. Una edad que asusta. A él no. Él no es consciente de nada. Le asusta a ella. Sabe que es un niño pero sigue sumando inviernos. Está enfadada con el mundo. No porque sume sino por lo poco que él ha visto de mundo. Tres décadas que se resumen en tres palabras. Las tres que ha aprendido. Y el nombre de ella no es una de las elegidas. Siempre creyó que eso era un mal augurio. Pero el tiempo le ha demostrado que no tenía la razón. No del todo. Desde pequeños fueron peculiares. Él, nada más llegar ella, la cuidó y la mimó. Era sensacional ver como uno aprendía del otro. Un día, ella siguió creciendo. Él, se detuvo. Estancando en ser un bebé. A ella le costaba entender porque no hacía las cosas normales de un chico de su edad. Era difícil explicarlo así que un día dejó de preguntar. Ella le enseñaba, pero él ya no aprendía. Pensó que le estaban negando un mundo entero. Con los años, ha visto que simplemente ha vivido en un mundo nuevo. Un mundo por y para descubrir. Un mundo que es una incógnita para todos. Menos para él. Es el habitante estrella de su Nunca Jamás. Pero ella también toma parte en él. A veces, ambos se pierden. Deambulan por montañas y mares. Miran el cielo y acarician las nubes. Se dejan acariciar por el sol y alumbrarse por las estrellas. Ninguno de los dos habla. Ella, no quiere. Él, no sabe. De vez en cuando, la palabra mágica. La que ella no se atreve, la que quiere pronunciar pero se le hace un nudo en el estómago. Él, en cambio, ni duda. Papá. Una prueba más de que él siempre ha sido más valiente que ella. Cada 7 de febrero, antes de dormir, piensa en cómo habría sido la vida de él de no existir aquella mañana de marzo de 1980. Antes de dormir, se sienta a su lado. Escucha cómo respira y acompasa su pulso al de él. A veces son sólo una persona. Es adorablemente bello. Pero a ella le jode que no hayan podido vivir en el mismo mundo. Es extraño. Una contradicción. Querría que no hubiera existido aquel 7 de marzo. Pero aquella alteración de la realidad dio paso a una de las mejores personas que ha conocido. Él, un regalo. Un gran regalo. Nunca ha estado a su altura, ni estará. Él siempre ha sido el hermano mayor y ella un intento de ser algo. Pese a vivir un su Nunca Jamás, ha sido, y es, un gran maestro que le enseña a ella cómo vivir en el mundo real. A él le cerraron las puertas y no pudo conocer ese mundo. Ella, sin embargo, no quiso que el mundo no le conociera a él. Su mayor tesoro. Un pacto no escrito entre ambos certificaba que siempre serían el uno del otro. Muchos han sido los que le han conocido, pero pocos los que le han entendido. Ella, desde siempre. Duerme. Tranquilo y plácidamente. Ella, lo intentará. Pero sabe que sus pensamientos le robarán momentos al sueño y deambulará por lo que pudo haber sido y no fue. Por tener un chico impresionantemente guapo a su lado, de 30 años, y que duerme como un bebé. Dentro de unas horas, cuando se despierte, no sabrá cuántos años tiene. No sabrá que se está haciendo mayor. No sabrá soplar las velas. Pero sabe que hay alguien que le está inmensamente agradecida y que le quiere enormemente. Y también sabe que esa misma persona, esa misma chica, no concibe la idea de separarse de él. Dentro de unas horas, cuando él despierte, le dará un beso y un felicitats Wili0, t’estimo. 23 para 30. 30 para 23. Y todo lo que aún queda por delante.
Dolços 30*

miércoles, 27 de enero de 2010

otro 27.-

Otra vez te escaqueas. Soy yo la que no quiere hacerse mayor, así que por lo menos podrías hacerme compañía mientras crezco. Pero no, te fuiste mucho antes de lo debido. Así que otro 27 sin libro. Pero con reloj. Este es el primero donde ya no te pido que cuando cumpla nosecuántosaños me regales tu reloj. Ahora ya lo llevo. Y hoy marca 27. Pensé que a lo mejor estaba aliado contigo y del 26 pasaba directamente al 28. Nada. La lupa resalta el 27. Y, con resignación, miro el número. Y sobre todo escucho el pulso. Me gusta. Me gusta que fuera tuyo y ahora ya me pertenezca. Hoy seré breve. No por falta de ganas, sino porque cuesta. Tú me enseñabas a hacerme mayor, me ayudabas. Pero ni siquiera llegaste a los 17. Recuerdo aquel día como si fuera hoy. En casa sólo estábamos mamá y Guillermo y, de repente, se llenó de gente. Estaban todos conmigo. Al verme rodeada de todos ellos sonreí. Pero sé que mamá lo había hecho con un único motivo. Gente cerca para no echar de menos. Pero eso no funciona. No funcionó entonces y ahora, menos. Los 18 tuvieron más carga… Cayendo en el tópico, nadie me salvaba de meterme en la cárcel o bromas por el estilo. En el pastel se leía una aldea de África, N’kondedzi. Aquello fue lo único que hiciera que cumplir años valiera la pena. Los 18 fueron el primero de todos los 27 que he odiado. Los 19 vagamente los recuerdo. Los 20… puro pánico. Cambiar el primer dígito era otro de los agobiantes motivos de te estás haciendo mayor. Perdón, ¿alguien puede regalarme algo para no crecer más? Gracias. Lo he intentado varias veces pero nunca lo consigo. Además, casi todos me riñen por padecer el síndrome de Peter Pan. Pero, sabes qué, no me importa. Siempre querré ser una niña y, estoy convencida de que lo conseguiré. Sólo pensar en ti es ya viajar a la infancia. No creo que sea muy difícil. Puedes estar tranquilo, aunque no quiera hacerme mayor no me comporto como una cría… o a lo mejor sí. Es decir, he abandonado las pataletas y los escándalos. Me porto un poquito mejor. Los 21 fueron una caja de sorpresas y el doble un año genial. De aquellos que no se olvidan con facilidad. Los 22 aportaron algo mágico. Y lo poco que llevo de los 23 ha empezado en una casa ajena. No la conoces. Como a muchos otros que me gustaría. El caso es que lejos de casa. Mamá, eso sí, puntual. De camino a casa he estado pensando en ti. En otro año más sin ti. En cómo te puedo echar tantísimo de menos. Aunque se pudiera calcular, te aseguro que lo mío se supera. Poquito rato con 23. A ver qué depara, esta vez, el 27. Dos cosas, seguro. Tendré libro; le dije a mamá que me lo regalara. Cuando sople las velas pensaré en ti. Te quiero papá. Buenas noches.
23*

domingo, 24 de enero de 2010

otra noche.-

Todo está en silencio. Como ella en los últimos días. No sé qué le ocurre pero aquellos ojos hablan más de lo que ella piensa. La delatan. En cada lágrima que no vierte lleva escrito un momento. En cada mirada perdida hay la búsqueda de un recuerdo. Y en cada gesto triste la sensación de que se aleja. Ayer por la noche escuché cómo lloraba. Estaba sentada en el suelo, envuelta en una manta. El radiador era el foco de calor que, en contacto con su espalda, conseguía que aún siguiera viva. A su lado, dormía un libro. Ella, lo intentaba. Pero conciliar el sueño parecía imposible. Y lo fue. No controló sus pensamientos, su poca dosis de raciocinio no logró imponerse a lo que de verdad siente. Me senté para poder observarla, pero ella no me veía. Simplemente, no quería verme. A veces nos cuesta entender a qué se deben las personas o porqué actúan de cierta manera. Es lo que a mí me ocurre con ella. Me cuesta entenderla pero, ayer, mientras observaba cómo escondía la cabeza entre sus brazos, como si tuviera vergüenza por llorar, comprendí lo que siente. Jamás había tenido ese sentimiento. Apareció de la nada, un día cualquiera. Convirtiéndose en algo realmente mágico. Y ayer escondía la cabeza. Por no haber estado a la altura. Por haber creído en lo imposible. Pero nada puede hacer con ese sentimiento incondicional e irrevocable. Y, con él, se ha levantado. Ha pasado justo por mi lado pero no me ha mirado, no ha dicho nada. Ha abierto una puerta y se ha sentado en una cama. Oír su respiración es uno de los mejores sedantes. Pero tampoco ha conseguido que el sueño llegara a ella. Y sin soñar, sólo pensando, se ha levantado. Una ducha y un paseo hasta el quiosco. Esperando su turno, los más madrugadores hablaban en clave deportiva. Alababan a uno y criticaban a otro. Hablaban de presión. Y le han pedido opinión. Sin embargo, el más escéptico ha dudado de que tuviera conocimiento alguno. Se lo ha puesto fácil… ha pagado el periódico y con una media sonrisa se ha despedido. Sin abrir boca, sin opinar. De vuelta a casa ha mirado la portada. Y, como de costumbre, ha leído la última página. Una vez en casa, se ha adentrado en el periódico. Domingo, sí. Pero le gustaba más leer la prensa en la redacción. Pero no se puede tener todo. Periódico en mano, ha empezado por el principio. Como siempre, leyendo de manera desordenada. Un destacado, el titular, una parte de la crónica, la contra de dos páginas después. Pero así es ella. Caótica. Y, de entre mil imágenes, un pie de foto… curioso. Que ha conseguido la primera sonrisa del día. Muchas son las películas, y muchos los directores. Pero ahí estaba escrita. La misma película, recordando un clásico. Un momento de aquellos que no se olvidarán fácilmente. Pero ha vuelto a formar parte de la prensa para huir de sus pensamientos. Aún sin despertarse, ha decidido escapar de aquellas cuatro paredes. Ha avisado, el trajecte serà una mica més llarg. Sin saber dónde ir, una llamada para escuchar alguna sugerencia. Vols mar? Sí. La solución, unas costes que se han mostrado muy acogedoras. El sol, tímido, intentaba salir. Pero el día gris convertía el paisaje en algo mucho más bello. Una parada, corta. Pero ha parado. A sus pies, literalmente hablando, el inmenso azul. Detrás, la protección de una montaña. Y ella, allí, sin formar parte de nada, sin formar nada, sin ser nada. Nada. Y justo delante un todo. Está enfadada con ella misma, lo sé. Lo llevaba escrito en los ojos cuando tras poner la llave en la cerradura ha entrado en casa sin decir nada. Ingenua. Cree que si no habla todo está arreglado. Sin embargo, otra vez, se equivoca. Sé que esta noche también será larga. Pero hoy no estaré, no miraré. Voy entendiendo que las noches son su refugio, lejos de las miradas de muchos. Mientras todos duermen, ella observa el mundo. Y se observa.
buenas noches a los que no duermen*

viernes, 22 de enero de 2010

viernes.-

Los viernes han quedado vacíos. Dicen que la historia es cíclica. Correcto. Esto ya lo vivió. La sensación de que sin los viernes se quedaba desabrigada. Se repite echar de menos las cintas verdes. Y por cintas verdes se entiende todo el trabajo antes de cerrar dicha caja. No era sólo escribir una letra y un número. Con un poco de suerte, acababa con un paseo tranquilo hasta la cabina. Aunque cruzar ese mismo pasillo corriendo y sabiendo que al final entraría no tenía desperdicio. En momentos así recuerda perfectamente el primer día que llegó a aquella redacción. Salían de la universidad y se dejaba guiar hasta un nuevo mundo. Quien conducía ya conocía aquello. Para la novata, el viaje fue horrible. No quería llegar. Sentía verdadero miedo. Sobre todo por aquello de yo no estaré a la altura, yo no sabré… Pánico en estado puro. Tuvo que bajar del coche. Y aquella primera tarde ya supo que los viernes habían cambiado; nunca volverían a ser iguales. Aquel nuevo mundo era genial. Era mucho más que eso. A lo mejor, algunos creerán que está idealizado pero no, ese no es el motivo de que le gustaran, y gusten, tanto. El motivo era tratar de cerca con la imagen, el hecho, lo que ocurre. Tratar lo imprevisible. Y, sobre todo, aprender. Mirar, mirar y seguir mirando. Preguntar. Equivocarse e intentar hacerlo mejor la próxima vez. Los viernes eran el principio de tres días de adrenalina pura. De imaginar qué podía pasar pero nunca tener la certeza absoluta. Porque lo imprevisible, por suerte, no se puede controlar.
Los primeros viernes consistía en aprender. En tener cerca a alguien a quien poder observar. Hasta el punto de convertirse, incluso, en su sombra. Eran conversaciones desenfadadas y consejos que nunca tuvieron aquella forma de te voy a dar un consejo. Simplemente surgían y ella los adoptaba como tal. Sirvieron, y mucho. En total, muy pocos viernes. Nunca el trayecto de la universidad a la redacción fue como el primer día. No era pánico en estado puro. Ahora sólo se trataba de miedo. Porque el yo no sabré, no estaré a la altura… aún le persigue. Pero cuando estaba en el coche, empezaba a sonreír. Era un regalo, un gran regalo. Lo consideró ya en su momento, pero a medida que pasa el tiempo aún lo considera mucho más. Fruto del azar, de la casualidad. Aprovechar un momento de indignación para dar a conocer lo que quería. Y que, precisamente, cerca pasara alguien que se lo pudiera dar. Así surgió todo. Curiosamente, de pie, en un banco. Y formar parte de un mundo del que se enamoró perdidamente. Al principio, no concebía el idilio entre imagen y escrito. A fuerza de mucho observar, se dio cuenta de que el idilio surgía sólo. Pero dependía de las manos que estuvieran detrás de cada pieza. De todos aprendió. De él, mucho más. En silencio, le observaba. No quería molestar. Pero no quería desperdiciar ni un solo momento para aprender de él. Sabía que él tenía un estilo propio. Y era, precisamente, lo que le hacía diferente. Y, a su parecer, mejor. Coincidir con él fue otro de los regalos.
Ahora ha pasado un año y poco más de aquellos viernes. Pero, recientemente, volvieron a existir. La profesión, otra vez, muy de cerca. Seguir congeniando entre imagen y escrito. Algunas veces bien. Otras, mal. Y, en ocasiones, desastroso. Pero siguió aprendiendo. De ellos, pero también de ella. De los errores cometidos, y por cometer. Los viernes volvían a ser el preludio perfecto del fin de semana. Deporte en estado puro. Partidas de ajedrez camufladas entre blancos y negros. Clásicos de un domingo cualquiera. Sorteos de grupos que fueron cualquier cosa menos previsibles. Y, paralelo, él. Alguien tuvo el buen ojo de catalogarlo como el que nunca se rinde. Y lo catalogó bien. Caminos paralelos de dos 87. Distintos, muy distintos. Puede parecer extraño pero siempre le ha tenido presente. Y no sabe porqué. El que nunca se rinde tuvo su año. ’09. Coincidió con su primer trabajo en la profesión. Y, desde dentro, ella vio cómo el mundo se rendía a los pies de aquel chico. Ella, hacía tiempo que se había empezado a rendir a él. No tienen nada en común, además de los años. Sin embargo, es curioso. Es una de las pocas trayectorias que ha seguido. Tal vez por eso sonríe cuando ve que señala el cielo. Porque detrás de cada logro, cada uno piensa en su propio crucigrama en blanco. Porque todos echamos de menos.
21.11.o8