viernes, 30 de enero de 2009

tardes perdidas.-

Ha subido las escaleras mirando cada peldaño. Ha levantado la cabeza levemente y se ha plantado en medio de la ajetreada calle. Tras una panorámica rápida del lugar ha escogido un rincón para sentarse. En el bolso, un trozo de papel y el siempre pilot negro. Y ganas y necesidad de escribir. La perspectiva era buena: justo en el corazón de una ciudad viendo pasar, a escasos metros, el pulso del mundo. Diferentes historias se han cruzado por delante, chicos con cara triste y parejas llenas de romanticismo. Niños carismáticos y ancianos entrañables. Una mezcolanza digna de ser descrita. Una niña, cogida de la mano de un adulto, se ha mirado a la chica que estaba sentada en un rincón y, con una voz realmente dulce, le ha preguntado qué escribía. El adulto, preocupándose por todo, no ha dejado fluir la conversación entre ambas. La pequeña sólo quería saber; la que no quiere crecer necesitaba aquella conversación. Pero el adulto ha estropeado el momento.

Cuando demasiadas letras ensuciaban el trozo de papel, ha decidido reposar y seguir observando el pulso de aquella ciudad. Hay vida, mucha vida. Y varios mundos dentro de aquella ciudad. Muchos, de aspecto, se parecen. Y, en realidad, son diferentes. Sigue sentada, ahora con las piernas flexionadas y los brazos rodeándolas. La cabeza reposa encima de las rodillas. Pesa demasiado como para aguantarse por sí sola. Sólo entonces se da cuenta de qué jodido es todo. O complicado. O jodidamente complicado. Da igual cómo sea, el caso es que ellos también son de mundos diferentes. Ella, en particular, además parece que no es ni del mundo real. Nada le gusta, todo se le escapa de las manos y parece que constantemente la esté poniendo a prueba. Y mientras, siguen pasando hombres que pasean perros y dos chicas que comen un helado.

Y la tarde ha transcurrido sin secreto alguno. Al cabo de un rato, ella ha decidido levantarse y unirse al pulso del mundo. Pero no lo ha conseguido. Todo es más rápido y ella no puede seguirlo. Algo está ocurriendo, otra vez. La misma sensación de hace unos meses. Y deambulando por la calle, ha vuelto a bajar esas escaleras para cambiar de zona pero siguiendo sin un destino marcado.

Lo peor está por llegar*

miércoles, 28 de enero de 2009

el día de los veintidós.-

El día que iniciaba la crisis de los veintidós ya ha acabado. La noche ha servido para pensar en todo lo sucedido a lo largo del día y, muy entrada la noche, dormir un poco. A las 00:00 el primer felicitats. Y un cierto recelo a tener que oír a lo largo del día la misma palabra. El primer regalo. Y, tras varios intentos, meterse en la cama para dormir. Pero, y no se crean que por los nervios, tampoco pudo dormir. Así que un libró amenizó las horas. El despertador auguraba el principio matutino del día. El mismo recorrido de cada día, y la misma canción. Todo predecible. O casi todo. Una silueta subiendo por la calle. Acercándose al coche. De golpe, dos personas dentro del coche, un pastel, una copa de cava, unas velas, una foto, un regalo, una postal… buaaaa. Eso es empezar bien el día.

Luego, un paseo de dos bajo el sol de Barcelona. Una comida de dos y unos momentos para nosotras. Perfecto. Algo necesario dada la complicada situación de los últimos días. Todo iba bien. El día que desataba la crisis de los veintidós, véase la opción de los dos patitos, estaba siendo mejor de lo esperado. Tal vez porque atrás quedaron las expectativas de tener un feliz día de cumpleaños. Inteligente fue Alicia y su no-cumpleaños. Luchando contra la negatividad, sólo de vez en cuando conviene hacerlo, pequeños detalles y breves encuentros hicieron del día de la crisis de los veintidós, simplemente, el día de los veintidós. Mensajes de héroes, de princesas y diosas, de journis y de fotógrafas lunáticas… Mensaje perfecto, que sólo precisa ir sin reloj, tras ridículas preguntas del millón. Y también de aquellos que nunca se olvidan.

Tras caer la tarde, un encuentro de cuatro. Dos patitos reposaban sobre un río de chocolate que, junto a una buena coca-cola, fueron el segundo pastel del día. Y así sucedió el día de los veintidós para dar paso al año de los veintidós. Nuevos proyectos, nuevas caras, una licenciatura, nuevos viajes, algunos regresos… Y otra vez en la cama, cerrando los ojos pero sin dormir. Con los ojos abiertos pero sin pensar. Y un libro llenando las horas muertas nocturnas tras el día de los veintidós.

G r a c i a s *

martes, 27 de enero de 2009

22, de mucho.-

Una vida en 22 escenas. Explicada en 22 líneas. O, a lo mejor, descrita en 22 palabras. O puede que narrada en 22 letras. 22 inviernos, primaveras, veranos y otoños. 22 momentos para recordar; la misma cifra para los que se deben olvidar. 22 derrotas, y menor el número para las victorias. 22 sollozos, susurros y suspiros. Frente a 22 enfados, decepciones y frustraciones. 22 tesoros encontrados, y otros tantos por desenterrar. 22 conversaciones de aquellas que serán eternas, de encuentros que serán perpetuos y de detalles que serán eternos. 22 genialidades y otras 22 estupideces. 22 noches sin dormir y días sin vivir. 22 puestas de sol. 22 idas y vueltas. 22 intentos que se dividen en conseguidos y por conseguir. 22 enfados con el mundo y críticas destructivas. 22 dulces y otros amargos. 22 nombres y caras. 22 cenas, cafés y sobremesas. 22 partidos de fútbol, tenis y baloncesto. 22 episodios memorables y otros por rememorar. 22 momentos de ridículo. 22 preguntas sin respuestas, embarazosas y de las que mejor no preguntar. 22 textos y rimas. 22 besos, caricias y abrazos. 22 te echo de menos, adioses, y hasta luegos. 22 despedidas para 22 reencuentros. 22 lecturas del mismo libro y 22 escuchas de la misma canción. 22 kilómetros sin destino, sin rumbo y sin dirección. 22 encuentros con Peter Pan y cartas enviadas a las alturas. 22 detalles. En realidad, 22 años.

sweet 22... I hope so*

lunes, 26 de enero de 2009

hola Noche.-

Hay noches que se escriben solas y otras que no se dejan escribir. Algunas son el reflejo del día y otras, la consecuencia. Días intensos derivan en noches sin sueños. Momentos tranquilos conllevan noches agitadas. Y, de esta manera, la noche se convierte en el mejor confidente. Las que son realmente buenas son aquellas en que las nubes pasean tranquilamente y, desde un rincón de la terraza, aquellos ojos cristalizados observan el periplo de las brumas. La oscuridad y aquellos ojos son aliados para dar vida a un momento que todos quieren adormecer, pero es, precisamente entonces, cuando hay más vida. Todos duermen y, en cambio, todo avanza.

Menosprecian el embrujo noctámbulo. Pero esos ojos saben encontrar dónde reposan los hechizos y los pequeños placeres del tan, a veces, duramente criticado mundo. Por la calle, pocas personas frecuentan las aceras adormecidas. Las farolas alumbran el camino a los sueños que se escapan, y dotan de luz a aquellos que, mañana, dejarán de ser sueño para convertirse en realidad. Algún coche profana la inmensidad del anochecer con la luz artificial de sus faros. Es en la soledad de la noche cuando los ojos se encuentran con ellos mismos para mantener una charla.

Grave resulta el error de dedicar todas las horas de la noche a dormir. Existe un cortejo, infinitamente tierno, que muchos desconocen. Sucede cuando el sueño se cuela por alguna pequeña rendija y se posa cerca de ti. La sensación es de una belleza inconmensurable y, por lo tanto, indescriptible. Es una lucha constante. No quieres que el sueño te venza. Es entonces cuando empieza todo. La reflexión interna sobre lo sucedido a lo largo del día. Recuperas momentos que durante el día has perdido y pequeños fragmentos que han quedado olvidados. Todo para rescatar la esencia de lo bello y ofrecérselo a modo de sacrificio a la noche. Cuando el ser y la noche convergen en medio de la nada, todo se torna un poco más afable, menos dañino. En ese momento, todos duermen. Menos aquellos ojos que vuelven a estar en un rincón de la terraza observando la perfección de una noche sin sueño, tras un día… tras otro día.


Buenos días, noche*

sábado, 24 de enero de 2009

....-

Una canción, un camino por recorrer, un destino al que llegar, un viento que sortear. Todo esto para el cuerpo que roza el desastre. La canción dibuja los acordes dentro de la soledad del coche. Un hope there’s someone campa a sus anchas y las notas se clavan. Existe una contraposición entre el cuerpo que no quiere y el corazón que necesita. Controversia del momento y complicación del estado. Todo para darle el placer a este jodido mundo de que, otra vez, el intento se ha resuelto de modo frustrante. Y es que la frustración empieza a ser una característica fija en el cuerpo.

El camino por recorrer es sencillo. Todo recto y al final, la salida de la derecha. No hay más, no tiene secretos. A veces es un camino muerto y otras, en cambio, demuestra su encanto. Coches y más coches. Cada uno de los cuerpos que conducen es un mundo. Algunos deben estar en consonancia con lo que ocurre mientras que, otros, eluden la realidad en el refugio del coche. Para el cuerpo, el coche da cobijo a sueños rotos, imposibles y perfectos. Exacto, aquellos que nunca ocurren.

El destino cambia. Depende del origen. Es el intercambio constante entre origen y final. Cuando A es el destino, el cuerpo se siente bien, tal vez porque se aleja de su mundo, aquel persistente y que a menudo es un lugar cruel. En cambio, cuando es B, el destino pierde ese hechizo para ser directamente un castillo, pero no de príncipes y princesas.

Y el viento, el viento es el acompañante perfecto que llena el vacío. Aporta lírica a la brutalidad de la escena personal, dibujada en la mente del cuerpo. Es la banda sonora de la película que no se ha empezado a rodar, de la que aún no se ha encontrado, ni tan siquiera, al protagonista…


Hope there’s someone*

lunes, 19 de enero de 2009

peón llamando a rey.-

Es extraño. No, este no es el adjetivo correcto. Más bien es imprevisible. Empezó siendo el que dominaba la situación y ridiculizaba a la recién llegada. No sé ni cómo acabó el primer contacto, pero imagino que con un hola y adiós; aunque dando paso a futuros encuentros. Se mostraba cercano, pero era imposible acercarse a él. Todos hablaban bien sobre él, y ella tenía la oportunidad de aprender de él. Pero entonces apareció su fantástico humor y la persistente sensación de que le estaba tomando el pelo a todas horas. Seguía su trabajo de cerca y ella era consciente de que era bueno. Ella, mientras, intentaba hacer algo más o menos decente. Y entonces aparecieron ratos de fútbol, momentos de críticas y situaciones divertidas. Eso sí, él con su ironía siempre a punto y ella con el adjetivo borde colgado del cuello. Una buena combinación para conseguir que el desconocido del primer día siga siendo desconocido pero, cómo os lo diría, sensacional.

Las primeras críticas, por las que él recibió el primer sobrenombre, dieron paso a las primeras bromas. Pero, gracias a él, aprendió ruso. Un escaparate de zapatos acogió la primera conversación entre cigarro y cigarro... que siguió y siguió. Hasta que a altas horas de la madrugada zanjaron con una despedida sin más. La larga conversación dio para mucho, sobre todo para que los dos se dieran cuenta de que las primeras impresiones no siempre son las que se corresponden. Uno, tímido y reservado. Una, sensible y mimosa. Pero con aquella noche también acabaron las conversaciones. Cómo os lo diría, ella se sentía bien. Y tal vez, después de aquello, empezó la complicidad. Y las canciones se quedaron sin título pero sí con intérprete. En cambio, las tierras del principito sí que se dieron a conocer.

Él tiene un don. La gente quiere ser como él. No, es mentira, este no es el don. Es la capacidad que tiene de empezar frases y dejarlas a medias. El componente de interés en cada momento. La habilidad de hablar pero que nadie lo entiende. Sin embargo, para facilitar las cosas escribe mensajes ordenados y detallados. Da breves clases de economía y se interesa por el cine. Y dentro de poco descubrirá que 65 palabras son suficientes. Y que ser peón en un tablero de ajedrez, una frustración. El rey, aquel a quien parecerse; el imposible.

Y todo, en un misterioso aroma a sandía*

gràcies

domingo, 11 de enero de 2009

el caos.-

Lorenz escribió sobre la teoría del caos. Conozco a alguien que podría escribir la segunda, tercera e, incluso, una infinidad de fascículos. Pero no centrado en los números y la física. Y es que el caos es extrapolable a cualquier materia, tangible o intangible. Ella os hablaría de cómo algo, por pequeño que sea, puede ser la cuna del caos más complicado de entender y, sobre todo, intentar ordenar. Pero es que ordenar el caos es ir en contra de la propia fuerza de la naturaleza; pero como el zorro que encontró el Principito, a veces tendría que dejarse domesticar. La práctica sería útil, muy útil. Pero no precisamente para el caos, sino para el ente capaz de enfrentarse a él. Encontrar sitio razonable a todo lo que deambula por el pequeño rincón. Todo choca contra todo y alude a uno mismo a saber actuar con el desorden permanente.

Al principio tiene su encanto. Luego se convierte en un trabajo más costoso. Finalmente, convivir con el caos es la perdición. Es el camino que el cuerpo elige. Y es que el pequeño recipiente donde reside tal desorden es en la cabeza de cada cuerpo. Asume que se rige por el caos, él es el rey de todo lo que allí dentro ocurre. Es quien manda sobre el cuerpo. No existe fuerza de voluntad suficiente para quitarle el mando. Pero es que convivir con él tiene un cierto toque... especial. Es arriesgar. Es perder. Es apostar. Es encontrar. Es luchar. Es todo aquello que a veces, le da sentido a la existencia. El caos, a veces, es empezar aquello que parece imposible. Y es que en situaciones así, es el mejor aliado. Es quien te empuja a actuar. Y entonces le das las gracias por dirigir tu mente y obligar al cuerpo a realizar una acción.

Pero el caos agota, supera cualquier actitud, redime a la frustración y se equipara con la aniquilidad de cualquier sensación. Es un cuerpo a cuerpo. Pero al mismo tiempo da vida. La lucha persiste. Nadie se da por vencido. En realidad, el caos se convierte en algo atractivo y pese a que confunda todo lo que ocurre, tiene un aire especial. Esa esencia que algunos desean encontrar cruzando una calle, en un pequeño altercado o en el lugar más inesperado.

El caos resulta un buen aliado de viaje*