sábado, 16 de febrero de 2008

nuestro momento.-


Son muchos los que conocen mi pasión por aquel momento del día en que el sol empieza a decaer. Cuando los colores no tienen límites y se mezclan para dar lugar a verdaderos cuadros. Aquel astro que, a lo largo del día, se muestra altivo y no permite que nadie le mire directamente. Pero llegada cierta hora, empieza a declinar. Es, entonces, cuando lo puedes observar en su totalidad. Las nubes, empeñadas en no desprenderse de él, lo acarician por última vez... hasta mañana.

Pero la puesta de sol de ayer fue diferente. Fue lo que necesitaba mi día para que valiera la pena. Por la mañana, todos los momentos duros se habían amontonado en mi cabeza, había revivido momentos crueles de mi breve vida. Sin embargo, lo peor de ayer no me estaba ocurriendo a mí. Había una niña con pelo rubio y ojos azules a quien le habían destrozado el corazón. Recordé como me sentía yo el día que también le dije adiós... para siempre. Tal vez no entiende nada de lo que ocurre, pero es que jamás se llega a entender.

La sucesión de momentos que no eran de mi agrado me condujo hasta una pequeña casa; y aún no entiendo cómo me atreví a llamar. Supongo que la seguridad total de que estaba sola y mis aires desesperados también ayudaron. Necesitaba saber que no estoy sola. Ella, a lo mejor, no se dio ni cuenta, pero yo necesitaba una conversación con alguien sobre él. Y lo consiguió.

Con la cabeza vagabundeando por entre miles de recuerdos, salía del trabajo. Pero tenía una imagen marcada en mi retina: aquella niña desgarrada por el dolor. La congestión de coches hicieron posible que pudiera disfrutar de una puesta de sol, como hacía días que no veía. Para todos aquellos en que el día había sido perfecto, pasarían por alto tal bello panorama. Para los que querían llegar rápido a casa, sólo mirarían por dónde adelantar. Para aquellos que los días cada vez son más duros y las ganas de llegar a casa cada día son menos, una puesta de sol es un verdadero regalo.

Aquella criatura hoy no miraría aquella postal. No miraría más allá de la ventana de su habitación. Buscaría por cualquier rincón, habido y por haber, por si encontraba a su padre. Si, por casualidad, todo había sido una pesadilla de la que no podía despertarse. Si me dejase, la abrazaría muy fuerte y le diría que hay un lugar del que nunca saldrá. Le diría que buscase un momento del día que sólo fuese de ellos dos.

Ahora entenderán porqué mi momento preferido es la puesta de sol. Es cuando uno da paso al otro, cuando aquello que creemos imposible se junta; el día y la noche. Es imposible que nosotros nos volvamos a unir, pero cuando el sol se pone, las estrellas empiezan a surgir de su escondite. Y es en las estrellas donde residen los grandes reyes del pasado.

Saben, no hay días buenos o malos. Simplemente hay días... o no los hay*

1 comentario:

Arturo dijo...

ets la reina de la lletra...

És una llàstima el que els hi ha passat a aquells dos nens, però estic segur que si et llegissin et donarien les gràcies. Dona gust llegir com sents les coses, tu diries que les sents "massa".



m'ha agradat molt el detall de la última frase ;)