martes, 3 de marzo de 2009

zona de gaviotas.-

Ha cambiado el gris de las fachadas y el asfalto. Hoy ha dejado atrás la ciudad. Las calles colmadas de vida no eran el mejor destino para perderse. Poco le importaba el pulso del mundo. La chica de ciudad ha abandonado su territorio rutinario por el añorado mar. El sol, que no ha dado muestras de vida, no ha impedido un viaje que tendría que haber sido un encuentro con ella misma. Un cuerpo que no puede avanzar y una mente que no cesa. Una explosión que durante las noches se convierte en un dilema sin fin donde todos son protagonistas, menos el sueño. La chica divaga por la orilla. No le importa que las olas acaricien sus pies. Pero no se quita la capucha gris; prefiere resguardarse de las nubes que amenazan con lluvia. Con pasos lentos pero decididos, bordea los esbozos que las olas van dibujando en la arena. Forma parte del silencio marítimo de aquella mañana.

El oleaje es la banda sonora de la película. Las gaviotas, las protagonistas. La chica, alguien diferente que observa, sentada entre las rocas, el desenlace de una historia. Hay gaviotas que alzan el vuelo. Otras, navegan tranquilas. Hay algunas que esconden la cabeza dentro del agua y unas pocas que le hacen compañía vagabundeando por las rocas. La brisa, que se había mostrado cálida, ahora enfría el cuerpo de la chica. Pero ella sigue inmóvil. Enfrente tiene la bella extensión azul. Admira la calma del mar e intenta contagiarse de ella. Cierra los ojos. Sólo el crepitar de las olas al chocar contra las rocas. Unas rocas que tanto rechazan el agua como imploran su compañía. Un capricho. Y alrededor, nadie. La chica reanuda el paseo. Aún no es de vuelta, sencillamente se está alejando un poco más. No huye. O puede que sí. Pero sabe que el regreso es obligado. Con la mirada perdida, observando con dulzura le leve línea conocida como horizonte, busca un punto de equilibrio.

Se agacha y arrastra hacia ella dos piedras. Ninguna de las dos está bien tallada. Una es más diferente que la otra. Intenta ponerlas derechas y sólo una resiste. La otra, sin dilación alguna, cae. Y allí están. Dos piedras cualquieras. Sin embargo, convencida de que puede existir un equilibrio entre ambas, lo vuelve a probar. Tras varios intentos, cree que a lo mejor, o lo mejor, es que no haya equilibrio. La chica, con el cuerpo helado, se dirige al pequeño abismo que ofrecen las rocas. En su mano lleva una de las piedras que, sin mirarla, lanza al mar. Pero sólo una de las dos.

Al final, le da la razón a Los Piratas*

2 comentarios:

Anónimo dijo...

va estar bé el sopar oi? recordar vells temps sempre és bo, encara que hi han coses que no canvien...
Sort de la sangria i llàstima del 43.

Van ser uns primers passos, ara ja som més els que ho sabem tot.

Arturo dijo...

Sabes que para mí, lo mejor es el final de los textos...más aun quando trata de piratas y del equilibrio.



un beso para mi chica enamorada del mar.


PD: ja no m'entero de res :S