domingo, 22 de febrero de 2009
notación algebraica.-
viernes, 20 de febrero de 2009
grata bienvenida al iceberg.-
Ha cambiado el ruido de la ciudad por la soledad de las carreteras. La cálida luz del día por la fría compañía de las farolas. Los ajetreados pensamientos por una mente en blanco. Pero la chica de la ciudad sigue perdiéndose por entre rincones lejanos. Físicamente serán cercanos, pero cada día parecen más remotos. Un pequeño repaso a caminos olvidados, carreteras conocidas y trayectos sin retorno. Cualquier excusa sirve para justificar el retraso de la llegada a casa; y es que esta pérdida de tiempo ayuda. El hilo musical, a veces se oye y otras parece que se detenga. O a lo mejor es ella que viene y va de este mundo. Sea lo que sea, allí está otra vez. Perdida por entre los suburbios de su vida. Los alrededores de su existencia han perdido el encanto. Ya sucedió una vez, y ahora vuelve a ocurrir. Porque, aunque haya quien no crea en las segundas partes, la mayoría de veces existen.
Mientras, los faros siguen alumbrando la vía. Larga, solitaria y abandonada. Así es el estado de la calzada por la que pasea. Requisitos indispensables para que ella se encuentre a gusto en un primer nivel. El segundo nivel, y al que cuesta más acceder ya que es encontrarse bien con ella misma, pertenece a otra partida de ordenador. Atrás deja la calzada para adentrarse en las calles. Pero la misma sensación. No sabe dónde está nadie, ni nadie sabe dónde está. Un pacto no escrito. Transeúntes que dan vida y coches que mueren. Luces de supervivencia en medio de la desesperada noche. Y en la nocturnidad encuentra el cobijo.
Y allí permanecerá hasta mañana. En la nimiedad de otra noche cualquiera. Pasando inadvertida y olvidando lo que pudo ser y no fue. Rechazando aquello que será pero no quiere. Buscando otro motivo para revelarse contra el mundo y confirmar que la lucha está a la orden del día. Porque la punta del iceberg del hundimiento se empieza a divisar en el horizonte. Y ya avisan, lo más descomunal de un iceberg es precisamente lo que no se ve. Fríos. Así son las grandes montañas de hielo que acarician las aguas del Ártico.
Pequeñas islas de icebergs*
miércoles, 18 de febrero de 2009
perderse por la ciudad.-
Hoy la perspectiva ha sido diferente. El sol ha alentado a la chica a abandonar cualquier lugar cerrado. Un paseo, sin rumbo y de aquellos que dirigen las masas o el cuerpo que justo está delante, ha sido placentero. La resolución a una mañana larga e imposible de digerir. Pero entre las caras desconocidas, y las que quedan por conocer, ha logrado que, por un momento, el mundo fuera un lugar bello por el que perderse. De todas las edades y colores. Así era la gente con la que se cruzaba. Cada una, seguro, con una vida a cuestas. Para algunos debe ser un peso pluma mientras que para otros está más cerca del plomo. Se lo nota en sus caras. Hay expresiones de fatiga y tristeza. Algunas de exaltación y alegría. Ojos tristes y otros joviales. Sonrisas adulteradas y carcajadas sinceras. Abrazos impuestos y caricias delicadas. Es una concentración de sentimientos y sensaciones. Y ella, que se muestra impertérrita, por el momento, se pierde entre los miles de gestos. En realidad no se pierde. Busca. Pero lo que quiere no se encuentra con los ojos, por lo que la búsqueda se complica.
Tras un no muy exhaustivo estudio del latir de la ciudad, va directa a las escaleras. Pero no sube. Tampoco baja. El sol no le permite adentrarse en los suburbios sin luz. Es por ello que la solución radica en sentarse en un escalón y gozar del movimiento de su alrededor. Al cabo de unos segundos, se da cuenta de que la perspectiva es distinta. Sentada, el vaivén de la gente se convierte en un sube y baja constante. Homólogo al pulso de la ciudad. Decide reposar la espalda en la pared y centrarse justo en un escalón. Flujo constante de pares de zapatos. Lustrados, rotos, altos, deportivos, con cordones, sobrios, raros, feos, llamativos, usados, modernos, nacionales, extranjeros, originales, plagiados, usuales… Pero todos con paso firme. Espectador en primera línea un calzado gris con cordones. Él no avanza. Detenido, observa el progreso ajeno. Y se deleita. Y se maldice. Y, consciente de ello, sigue como hasta entonces: observando lo ajeno para reflexionar en lo propio.
Volviendo a la chica, decide cambiar otra vez de lugar. Las posibilidades son tantas que a veces elegir es difícil. Por eso rehúye de la novedad y vuelve a los orígenes. El paseo entre los miles de gestos. Y también entre las mil diferencias y contrastes. Adentrarse en la variedad es tan sencillo como dar un paso al frente. Y luego otro, y otro, y otro… Y aprovechar la multitud para no existir para el mundo y dejar de ser alguien. Esa sensación de pertenecer pero pasar inadvertida. Un último vistazo antes de bajar las escaleras. Y en el descenso se da cuenta de que ya sabe qué es lo que busca. Y, peor aún; también sabe dónde se halla. Sin embardo, dejara el descubrimiento para días posteriores. Tal vez a lo largo de una tarde cualquiera mientras le tome, otra vez, el pulso a la ciudad.
El latir de la ciudad*
martes, 17 de febrero de 2009
enésima lectura.-

-Hubiera sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.
lunes, 16 de febrero de 2009
buenos días.-
Por el mundo terrenal todo sigue su orden caótico. Algunos días se vuelve más loco de como estaba antes de que te fueras y sólo durante algunos minutos, muy pocos, adopta una forma coherente. Creo que así es como estoy yo. Totalmente loca a lo largo del día y que mi mente sólo se vuelve lúcida durante unos instantes. Qué desastre. Si me vieras… Y sobre todo si me escucharas. Los delirios empiezan a estar a la orden del día de mis conversaciones, aunque siempre mantengo una lucha interna para que no vean la luz. La consecuencia de esconderlos, alejarme de la realidad establecida y perderme por entre mil cosas. Con los pies en la tierra pero el sinsentido dirigiendo los pasos. Una combinación explosiva, créeme. Y nada recomendable. Hasta pronto, papá.